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El abrazo de la bestia: El anciano de cristal que desafió a la muerte en el ruedo sangriento para salvar al hijo de cuatro patas que le robaron

Si vienes de Facebook, seguramente sentiste cómo la sangre se te congelaba literalmente en las pesadas, tensas y aterradas venas de tu cuerpo, cómo un nudo asfixiante, inmensamente denso, doloroso y lleno de pura, ardiente y genuina conmoción te cortaba la respiración de golpe, y cómo el corazón se te encogía brutalmente en el mismísimo pecho al ver la escena más impactante, aterradora, sublime y emocionalmente desgarradora que jamás se haya documentado en la historia de los encierros y espectáculos taurinos. Ver el pánico puro, el terror asqueroso, el caos desmedido y la tragedia inminente con la que miles de espectadores gritaban despavoridos desde las altas y repletas gradas de un coliseo mientras una bestia indomable sembraba la destrucción absoluta, es una escena que destroza los nervios en un millón de pedazos. Pero presenciar el momento exacto, milagroso e inexplicable en el que un pequeño, frágil y anciano hombre, vestido con ropas campesinas sumamente humildes, decidía saltar la valla de seguridad para adentrarse completamente solo, desarmado y sin ningún tipo de protección en el mismo centro del ruedo infernal para enfrentarse cara a cara con un toro asesino, es un acto de valentía tan gigantesco, épico y suicida que hierve la sangre en milésimas de segundo y que hace cuestionar profunda y seriamente el poder de la fe, la lealtad, la memoria y el amor en el ser humano más duro, frío, implacable e insensible del planeta tierra. Prepárate muy bien, aférrate con todas y cada una de tus fuerzas a la silla, al sillón o a la cama donde sea que estés sentado en este preciso y exacto instante, busca un vaso de agua con hielo para pasar el tremendo y asfixiante trago de adrenalina que se avecina, limpia de una vez por todas las lágrimas de asombro, de tensión y de profunda empatía de tus ojos y respira sumamente profundo. Porque el asombroso, doloroso, brillante, magistral y electrizante secreto que se oculta detrás de la mirada serena, profunda, gélida y fríamente amorosa de este anciano, quien en lugar de huir, correr o derrumbarse por el pánico decide usar su propia voz y sus recuerdos como una inquebrantable armadura de paz frente a la furia de la bestia, te dejará completamente sin aliento, con la mente estallando en mil pedazos de asombro y aplaudiendo de pie con pura, total y absoluta devoción. La aplastante lección de lealtad animal, la conmoción monumental sin ningún tipo de precedentes en la historia y la implacable, poética y perfecta justicia emocional que está a punto de desatarse como un milagro divino en el centro de ese sangriento ruedo, hará temblar hasta los cimientos más profundos, oscuros y blindados de la crueldad y la avaricia de los organizadores, demostrando de una vez por todas y para siempre que quien escupe al cielo, subestima el inmenso corazón de un verdadero padre de crianza y cree que los animales no tienen alma ni memoria, tarde o temprano, termina tragando el polvo ardiente de su propia ignorancia, enmudeciendo, llorando, suplicando y arrodillándose ante la trampa más hermosa, pública, desgarradora, mediática y milagrosa de la mismísima y todopoderosa naturaleza.

La calurosa, asfixiante, polvorienta, abrumadora y ensordecedora tarde en el interior de la inmensa, exclusiva, atestada y famosísima plaza principal de la región era una verdadera y asquerosa exhibición de adrenalina descontrolada, música de banda a todo volumen, litros de alcohol derramado y una letal, ruidosa y asquerosa sed de sangre que se respiraba de manera tóxica en cada centímetro del aire seco, caliente y viciado del lugar. Las impecables y altísimas vallas de acero macizo pintadas de rojo, los inmensos palcos llenos de espectadores eufóricos apostando miles de dólares y los hermosos caballos de paso que relinchaban nerviosos, contrastaban de manera brutal, asquerosa, vil y casi insultante con la desgarradora, oscura, aterradora y espeluznante realidad de furia, dolor animal descarado, tragedia inminente y pánico absoluto que estaba estallando como una verdadera bomba atómica en el centro mismo de la arena ensangrentada.

En medio del inmenso y mortal ruedo, envuelto en una nube espesa, asfixiante y cegadora de polvo, arena y tierra removida, se encontraba «El Diablo de Medianoche». Un toro salvaje de reparo gigantesco, una imponente e incontrolable masa de músculos tensos de más de mil doscientos kilos de peso, con una piel negra como la obsidiana, cuernos inmensos, gruesos y afilados como cuchillas de carnicero y unos ojos inyectados en pura sangre que destilaban un odio puro, primitivo, incontrolable y letal hacia la humanidad. El majestuoso animal había enloquecido por completo. El ruido ensordecedor de los altavoces, los golpes eléctricos en los corrales, los gritos de la multitud y el estrés tortuoso del encierro lo habían convertido, en contra de su propia voluntad, en una implacable e indetenible máquina de matar. Durante los últimos veinte malditos, agónicos y eternos minutos, el toro había embestido, pisoteado, destrozado y lanzado por los aires a todo aquel que se atrevió, en su estúpida y arrogante soberbia, a cruzarse en su camino. Ya cinco hombres, cinco fornidos, arrogantes, experimentados y supuestamente invencibles jinetes y caporales, yacían ahora mismo heridos, sangrando profusamente, con costillas rotas, extremidades fracturadas y gimiendo de un dolor insoportable en diferentes puntos de la barrera, o siendo arrastrados a la fuerza y con desesperación hacia las estrechas salidas de emergencia por sus compañeros, quienes lloraban aterrorizados. Las ambulancias ya habían encendido sus luces y sirenas a las afueras de la plaza, el público gritaba histéricamente pidiendo a gritos que le dispararan a la bestia de una vez por todas, y los asquerosos organizadores del evento, armados con rifles de alto calibre y sogas gruesas de nylon, se preparaban en el callejón para sacrificar cruelmente al majestuoso pero mortífero ejemplar para no tener que pagar más seguros médicos.

Pero en ese asqueroso y cerrado ecosistema de violencia descarada, gritos de terror, puñaladas de pánico, maltrato animal y crueldad venenosa, la presencia de la gracia absoluta, el milagro implacable, la ternura superior y la redención perfecta estaba a punto de irrumpir y manifestarse como un huracán de máxima categoría, transformando la supuesta tragedia sangrienta en algo mucho más letal para el escepticismo, brillante, puro, poético, majestuoso e inimaginable.

Justo en el preciso, aterrador y milimétrico instante en el que los hombres armados apuntaban sus rifles hacia el animal que bufaba furioso, escarbando la tierra seca y preparándose para una última y letal embestida suicida contra las vallas de acero, una figura diminuta, frágil, encorvada e inverosímil apareció de la nada, abriéndose paso entre la multitud enloquecida. Era don Elías, un anciano de setenta y nueve venerables, cansados y solitarios años de edad. Vestía una sencilla y gastada camisa de franela a cuadros, unos pantalones de mezclilla remendados en las rodillas, un sombrero de paja curtido por décadas de sol implacable y unos huaraches de cuero gastados por el paso del tiempo. Su rostro estaba surcado por miles de profundas arrugas que contaban la triste y noble historia de toda una vida de trabajo honesto y duro en el campo, pero sus ojos brillaban con una lucidez, una calma, una paz infinita y una determinación de acero que detendría a un batallón militar entero.

Ignorando por completo los gritos histéricos de los guardias de seguridad, esquivando hábilmente a los paramédicos y pasando rápidamente por debajo de las pesadas vigas de metal rojo, don Elías saltó la valla de protección y pisó con firmeza la arena del ruedo. El estadio entero, con sus diez mil almas, se sumió en un silencio sepulcral, helado, espeso y espeluznante. Miles de espectadores dejaron de respirar exactamente al mismo tiempo, viendo con horror paralizante cómo ese hombre diminuto, desarmado y viejo caminaba lentamente, paso a pasito, con los brazos colgando a los lados, directamente hacia la inmensa bestia asesina que acababa de destrozar a cinco hombres jóvenes y fuertes.

«¡Abuelo, salga de ahí por el amor de Dios santísimo, está loco, la bestia lo va a matar, lo va a hacer pedazos en un segundo!», gritó el locutor oficial del jaripeo a través del potente micrófono, con la voz quebrada por el terror absoluto y el pánico inminente.

Pero don Elías no escuchaba a nadie. Su postura de anciano vulnerable, débil, frágil y asustado desapareció por completo y de manera absoluta en una milésima de fracción de segundo, evaporándose en el ardiente aire como una simple gota de agua cayendo directamente sobre el metal al rojo vivo de un inmenso escape de motor a toda velocidad. Con una agilidad calculada, fría, analítica, llena de amor puro y cargada de un fuego celestial e inextinguible, el anciano se detuvo justo en el mismísimo centro del ruedo, a escasos quince metros de distancia del toro enfurecido.

El inmenso animal, al notar por el rabillo del ojo a este nuevo intruso en su territorio de dolor y sangre, giró su inmensa y pesada cabeza. Bajó los enormes y afilados cuernos hacia la arena, bufó con una violencia atronadora lanzando gruesas gotas de espuma y saliva por el hocico, rasgó la tierra con su pezuña delantera levantando una nube de polvo espeso, y se preparó, tensando cada músculo de sus mil doscientos kilos, para embestir con toda su fuerza asesina y aniquiladora.

Sin embargo, don Elías no retrocedió ni un solo milímetro. No huyó. No derramó ni una sola, miserable y pequeña lágrima de terror. Con las manos temblando ligeramente, no por el miedo a la muerte, sino por la profunda, pura y abrumadora emoción de los recuerdos más hermosos de su vida, el anciano se quitó lentamente su viejo sombrero de paja. Lo sostuvo a la altura de su pecho y, con un pulso de acero forjado en el mismísimo fuego del amor incondicional, y con una sabiduría superior, brillante y milagrosa que asustaría a cualquier mente lógica y científica, don Elías soltó un chiflido. Un silbido largo, agudo, particular y profundamente melódico que hizo eco en las paredes del coliseo. Y luego, con una voz cargada de ternura de padre, gritó:

«¡Ya, mijo! ¡Ya, mi muchacho hermoso! ¡Ya estoy aquí, mi Tormenta, papá ya vino por ti!»

El toro inició su carrera mortal. Ochenta, sesenta, cuarenta kilómetros por hora de puro músculo y furia dirigidos directamente hacia el frágil y diminuto cuerpo del anciano. La multitud en las gradas cerró los ojos, las mujeres gritaron de auténtico horror, los hombres apartaron la mirada con náuseas, y los francotiradores levantaron sus armas, preparándose todos para ver una carnicería espeluznante y grotesca.

Pero a escasos dos malditos y milimétricos metros del impacto inminente, el viento caliente de la tarde sopló, llevando el inconfundible sonido de esa voz y el olor impregnado en ese viejo anciano directamente hacia las fosas nasales y los oídos del enfurecido animal. El milagro, el estruendoso, poderoso, colosal y absoluto milagro ocurrió frente a los ojos incrédulos del mundo. El inmenso y salvaje toro frenó en seco. Clavó sus cuatro pesadas pezuñas en la arena con tanta y tan extrema violencia que levantó una ola de tierra que cubrió por completo al anciano. La bestia resopló, profundamente confundida, paralizada, temblando de pies a cabeza con el corazón latiendo a mil por hora. Lentamente, bajando la cabeza ya no en una postura de ataque mortal, sino de completa, total y absoluta sumisión infantil, el monstruo asesino dio dos pasos lentos hacia don Elías. Estiró su inmenso, caliente y húmedo hocico, y olfateó profundamente las manos arrugadas del hombre.

El sonido inconfundible de la voz de su verdadero padre de crianza, el olor de las manos cálidas que lo alimentaron con biberón cada madrugada, el olor del campo verde, de la alfalfa y de la paz que unos ladrones le habían robado, inundó por completo el cerebro del atormentado animal. La inmensa bestia cerró los ojos con fuerza, dejó escapar un mugido largo, grave, profundo y lleno de una tristeza infinita que conmovió hasta las piedras, y apoyó su pesada, gigantesca y temible cabeza negra directamente sobre el frágil y pequeño pecho del anciano, buscando refugio, buscando consuelo, buscando la protección del único humano que lo había amado de verdad.

Don Elías, con el rostro completamente bañado en gruesas lágrimas de un amor puro, infinito, doloroso y redentor, dejó caer su sombrero al suelo, rodeó el inmenso, musculoso y sudado cuello del animal con sus delgados y temblorosos brazos, y hundió su rostro en el pelaje oscuro del toro, abrazándolo con una fuerza, una desesperación y una ternura tan gigantesca que hizo estallar en llanto absoluto a la plaza de toros entera, desde el último de los apostadores hasta el paramédico más curtido.

Sin hacer un solo ruido de duda, con un dolor en el alma forjado en el mismísimo fuego de la injusticia, el anciano giró lentamente su rostro manchado de lágrimas y tierra seca, y rompió por completo, de manera brutal y directa, la cuarta pared invisible de su propio dolor, de su silencio fríamente guardado frente a los asquerosos organizadores y dueños del evento que creyeron, en su infinita y asquerosa ignorancia, que los animales son simples máquinas de hacer dinero que no sienten ni padecen.

Fijó su mirada intensa, profunda, gélida, brillante y llena de una paz celestial y una furia justiciera directamente hacia el pequeño, casi invisible y sofisticado lente de la cámara del teléfono del locutor que ahora lo grababa de cerca desde la barrera, conectando su alma de acero puro con los profundos, atentos y cautivos ojos de cada persona, de cada campesino al que le han robado el fruto de su trabajo, de cada persona que verdaderamente ama a los animales, de cada espectador que lo observaba completamente atónito, paralizado, llorando a mares y sin poder respirar desde el otro lado de la pantalla de su teléfono en Facebook, atrapándolos de inmediato en un inquebrantable, adictivo, ineludible y magnético nudo de complicidad imposible de romper, quebrando la pesada barrera de la pantalla para hablarles directamente al corazón y al alma.

«El error más grande, asfixiante, oscuro, destructivo y aniquilador que puede cometer un miserable grupo de ladrones y estafadores de traje caro en esta bendita tierra», susurró don Elías a la cámara, con una voz absolutamente perfecta, fuerte, dominante, inquebrantable, rasposa por el inmenso llanto contenido y envuelta en un misterio letal, mientras el inmenso toro cerraba los ojos bajo sus caricias, completamente pacificado, manso y dócil como un corderito recién nacido.

«No es creer que pueden llegar a mi rancho, amenazarme con armas largas y robarme a mi animal de crianza falsificando pagarés y deudas que yo jamás firmé, para hacer sus asquerosos negocios de sangre y apuestas. No es torturar, golpear con electricidad y enloquecer a una criatura inocente en medio del ruido asfixiante, creyendo que su patética astucia, su falsa hombría, su dinero sucio y su soberbia de cristal les dan el poder absoluto sobre la vida, la dignidad, el valor y el alma pura de los seres vivos a los que ellos consideran simples e inútiles bestias salvajes, estúpidas o sin memoria.»

Mantuvo el ardiente contacto visual con la lente del teléfono, directo, desgarrador, feroz e inquebrantable, obligando a la inmensa, gigantesca y expectante audiencia mundial a sentir en carne propia el peso brutal, aplastante y definitivo de su inminente y perfecta lección de vida en cada palabra perfectamente articulada, mientras una sonrisa de paz infinita, pero cargada de una justicia letal, se dibujaba en su rostro arrugado.

«El error que verdaderamente los mata por dentro, el que les hiela la sangre en las venas, los paraliza de asombro absoluto, les corta la respiración de golpe y los entierra vivos en su propia, criminal y asquerosa ignorancia… es su estupidez tan inmensamente colosal, gigantesca, ridícula e imperdonable de creer, aunque sea por un maldito y fugaz segundo, que los animales olvidan el amor verdadero, la compasión y las manos que los criaron. Es su infinita ceguera de hombres sin corazón y sin alma al no darse cuenta de que yo mismo vi nacer a este animal, yo le di el biberón cuando su madre murió en el parto, y yo le puse de nombre Tormenta porque así era de juguetón. Estos idiotas intentaron, a base de golpes y encierro, convertir a mi niño hermoso en un asesino a sueldo para su maldito espectáculo, pero la lealtad de un animal criado con amor es mil millones de veces más pura, más grande, más limpia y más inquebrantable que la de cualquier estúpido ser humano. Mi difunta esposa, desde el cielo, me dio la fuerza para venir aquí hoy. Me paré aquí, arriesgué mi propia vida y enfrenté a la muerte misma de frente, única, exclusiva y sagradamente para recuperar a mi hijo de cuatro patas, y para demostrarle al mundo entero, a todos estos arrogantes de las gradas, que el amor, la ternura y la memoria intacta pueden apagar, calmar y pacificar hasta a la tormenta más destructiva del infierno que ellos mismos intentaron crear.»

El anciano de acero y fuego esbozó una levísima, conmovedora y brillante sonrisa de amargura infinita. Una mueca gélida, dura e implacable para los crueles organizadores, pero repentinamente cargada de un aura de inteligencia implacable, de una superioridad absoluta y divina que llamaba a gritos, como un trueno letal a punto de estallar ensordecedoramente en medio del ensangrentado ruedo, a la redención absoluta y a la implacable, poética, perfecta y matemática justicia del cielo y de las leyes terrenales.

«Estos asquerosos empresarios y organizadores de cristal creen firme y ciegamente que tener armas largas, sogas y guardaespaldas les asegurará su triunfo, sus millones robados en la taquilla y su impunidad absoluta para seguir maltratando y robando impunemente. Creen ingenuamente que su plan perfecto, sus asquerosas apuestas clandestinas y su mente de abusadores insaciables los hacen unos verdaderos dioses intocables frente a la ley. Pero en su infinita, ciega y repulsiva vanidad, olvidaron por completo que yo no vine a este maldito lugar solo, llorando y desamparado. Olvidaron que usé los últimos ahorros de mi vida para viajar a la capital, que contacté a las más altas autoridades de protección animal y delitos federales, y que acabo de entregarles en sus propias manos todas, absolutamente todas las pruebas de sus fraudes, sus extorsiones y sus robos de ganado documentados.»

Dio un leve, profundo y último suspiro, acercando su rostro implacable, lleno de lágrimas puras y una determinación inquebrantable hacia la fría lente de su cámara para envolver a la inmensa, hipnotizada y mundial audiencia en un clímax de emoción pura, profunda y cargada de un suspenso ineludible que paraliza por completo el corazón y detiene la respiración de cualquier persona que la escucha, preparándose para salir del ruedo triunfante y destruir la soberbia de sus enemigos.

«Ellos no saben, no se lo imaginan y no tienen la más remota, mínima y maldita idea, de que no van a sacrificar a este noble animal. Y tampoco van a contar el dinero de las apuestas de hoy. Porque los hombres uniformados de negro, con armas tácticas y escudos que acaban de bloquear absoluta y violentamente todas las salidas, puertas y pasillos de la plaza no son los simples paramédicos de turno… son los agentes tácticos federales de la fiscalía y mi equipo de abogados privados, que traen una orden judicial de incautación inmediata y rotunda para devolverme a mi toro, cancelar este asqueroso evento para siempre, confiscar la taquilla entera y arrestar a los dueños y organizadores en flagrancia por extorsión, fraude millonario, maltrato animal agravado y robo de propiedad privada a mano armada…»

¿Quieren ver, sentir y presenciar el milagro absoluto, la conmoción mundial sin ningún tipo de precedentes, las lágrimas desgarradoras de todo un estadio, la ovación pública, el rugido mediático más grande de la historia de las redes sociales y el terror puro, paralizante, asfixiante y humillante que sintieron estos asquerosos, crueles y arrogantes organizadores y criminales cuando, apenas una exacta y maldita milésima de segundo después de que don Elías pronunciara estas palabras, decenas de patrullas y cientos de policías irrumpieron violentamente en la plaza, los arrinconaron, los tiraron al piso y los esposaron brutalmente frente a más de diez mil personas que aplaudían de pie y lloraban de emoción, mientras el frágil anciano, con el rostro bañado en lágrimas de infinita felicidad, acariciaba suavemente el lomo de su inmenso toro, lo tomaba simplemente de un pequeño cuerno y caminaba lentamente y con la frente muy en alto hacia la inmensa puerta de salida de la plaza, llevándose al monstruo asesino convertido en un perro gigante y dócil, dejando a todos boquiabiertos, mudos y maravillados, demostrándoles que había escapado del infierno para siempre con su amado animal?

Dale clic a la continuación completa, al escape magistral y al final de esta historia en el enlace azul brillante que dejé fijado especialmente para ti en el primer comentario de este video.

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