Si vienes de Facebook, seguramente sentiste cómo la sangre se te congelaba literalmente en las pesadas y tensas venas de tu cuerpo, cómo un nudo asfixiante, inmensamente denso, doloroso y lleno de pura, ardiente y genuina indignación te cortaba la respiración de golpe, y cómo el corazón se te encogía brutalmente en el mismísimo pecho al ver la frialdad diabólica, absoluta, demoníaca y asquerosamente repulsiva con la que esta cínica, arrogante, hipócrita y despiadada mujer, escudándose vilmente en su sagrado, intocable y puro título de madre, conspiraba en las sombras más oscuras de la traición con el propio prometido de su hija para robarle absolutamente todo en la vida. Ver la maldad pura, el desprecio asqueroso, la avaricia desmedida, el veneno inagotable y la traición infinita con la que estos dos buitres carroñeros planeaban, entre besos clandestinos y risas burlonas, dejar a una familia entera en la más absoluta, oscura y fría miseria, revolcándose a espaldas de los seres que más los amaban, que más los protegían y que darían la vida por ellos, única y exclusivamente para despojarlos de sus ahorros de toda una vida de arduo trabajo, es una escena que destroza el alma en un millón de pedazos. Es un acto de crueldad tan gigantesco que hierve la sangre en milésimas de segundo y que hace cuestionar profunda y seriamente la decencia, la moral, la ética y la humanidad del ser humano más duro, frío, implacable e insensible del planeta tierra. Prepárate muy bien, aférrate con todas y cada una de tus fuerzas a la silla, al sillón o a la cama donde sea que estés sentado en este preciso y exacto instante, busca un vaso de agua con hielo para pasar el tremendo y asfixiante trago amargo que se avecina, limpia de una vez por todas las lágrimas de rabia, de impotencia y de frustración de tus ojos y respira sumamente profundo. Porque el asombroso, doloroso, brillante, magistral y electrizante secreto que se oculta detrás de la mirada serena, profunda, gélida y fríamente vengativa de esta joven vestida de blanco inmaculado, quien en lugar de llorar y derrumbarse decide usar su propio, carísimo y pesado vestido de novia como una inquebrantable armadura de guerra, te dejará completamente sin aliento, con la mente estallando en mil pedazos de asombro y aplaudiendo de pie con pura, total y absoluta satisfacción. La aplastante lección de karma, la humillación monumental sin ningún tipo de precedentes en la historia y la implacable, matemática, poética y perfecta justicia divina que está a punto de desatarse como un huracán categoría cinco en el altar mayor de esa majestuosa catedral, hará temblar hasta los cimientos más profundos, oscuros y blindados de la codicia de estos asquerosos traidores, demostrando de una vez por todas y para siempre que quien escupe al cielo, subestima la inteligencia inquebrantable de una mujer profundamente traicionada y conspira para robarle su futuro basándose únicamente en su asqueroso egoísmo, tarde o temprano, termina tragando el polvo ardiente de su propia miseria, ahogándose, humillándose, suplicando y arrastrándose en la trampa más brutal, pública, desgarradora, mediática y destructiva de su propia, criminal y completamente vacía existencia.
La gélida, gris, asfixiante, abrumadora y ruidosa mañana en el interior de la inmensa, exclusiva, reservada y costosísima suite nupcial presidencial del hotel más prestigioso, alto y lujoso de la metrópoli era una verdadera exhibición de lujos exorbitantes, arreglos florales de diseñadores internacionales, botellas de champán importado de miles de dólares y una letal, silenciosa y asquerosa falsedad que se respiraba de manera tóxica en cada centímetro del aire acondicionado purificado del lugar. Las impecables y altísimas paredes cubiertas de auténtica seda italiana, los inmensos espejos con marcos de pan de oro macizo que reflejaban la luz de la mañana y los hermosos vestidos de las damas de honor que colgaban perfectamente alineados en los percheros de cristal, contrastaban de manera brutal, asquerosa, vil y casi insultante con la desgarradora, oscura, aterradora y espeluznante realidad de traición, adulterio descarado, robo corporativo y miseria moral que estaba a punto de estallar como una bomba atómica en ese minúsculo, traicionero y sumamente tenso espacio cerrado.
Allí, de pie, firme y completamente estática frente al inmenso espejo de cuerpo entero, luciendo como una verdadera e intocable reina de cuento de hadas sacada de la fantasía más hermosa, se encontraba Isabella, de veinticinco jóvenes, brillantes y prometedores años de edad. Vestida con una auténtica obra maestra de la alta costura parisina, un vestido blanco perla cubierto de pies a cabeza por decenas de miles de cristales de Swarovski cosidos a mano uno por uno, con un corsé ajustado que resaltaba su figura y un velo de encaje francés antiguo que caía con una gracia inigualable formando una cola de cinco metros sobre la alfombra, la joven parecía estar viviendo, respirando y saboreando el día más feliz, puro, soñado y perfecto de su entera y corta existencia terrenal.
Sin embargo, la paz artificial, frágil y mentirosa de esa habitación se rompió en pedazos de cristal. La inmensa y pesada puerta de roble tallado de la suite presidencial se abrió de golpe, con una violencia tan inmensa y desesperada que hizo temblar los candelabros de cristal del techo, y por ella entró, casi tropezando con sus propios pies, don Fernando, su adorado, leal y trabajador padre.
El hombre, un empresario intachable, honesto, fuerte y respetado que había trabajado de sol a sol, sacrificando su juventud, su sueño y su salud durante más de treinta y cinco largos años para construir un imperio de la nada y darle a su única familia una vida de auténticos reyes, no llevaba en su rostro la típica y dulce sonrisa de orgullo de un padre a punto de entregar a su princesa en el altar. Su rostro, habitualmente lleno de color y vida, estaba completamente pálido, blanco como una hoja de papel, bañado en un sudor frío y pegajoso, con los ojos inyectados en sangre, las manos temblando incontrolablemente como si estuviera sufriendo un ataque de pánico y el corazón literalmente destrozado en un millón de pedazos irreparables, sangrantes y dolorosos. Aferraba fuertemente, casi con desesperación animal, contra su pecho un grueso, pesado y voluminoso sobre de papel manila color marrón, respirando con una dificultad extrema que delataba un dolor agónico, punzante, asfixiante y devastador que le taladraba el alma y le robaba el aliento.
«¡Isabella, mi niña hermosa, mi princesa, por el amor de Dios, por todo lo más sagrado que existe en este mundo, escúchame bien y no hagas preguntas, tienes que quitarte ese maldito vestido ahora mismo!», suplicó don Fernando con un grito desgarrador, cayendo pesadamente de rodillas frente a su amada hija, llorando como un niño pequeño, completamente roto por dentro, y abrazándose con desesperación a las pesadas telas de seda de su vestido de novia, ignorando por completo y de manera absoluta el protocolo, la elegancia, las apariencias y el costo millonario de la prenda. «¡Tenemos que cancelar esta maldita, asquerosa y falsa boda en este preciso instante! ¡Tenemos que huir de aquí, tomar el jet privado y desaparecer! ¡Ese infeliz, miserable y cobarde de Mauricio no te ama, nunca te ha amado, es un estafador! ¡Y tu madre… Dios mío, tu propia madre, la mujer con la que compartí toda mi vida, mi cama y mi corazón… es un maldito monstruo sin alma, una víbora venenosa y asquerosa!»
Con las manos temblando de tal forma que apenas podía coordinar sus movimientos, el padre desgarró la parte superior del sobre amarillo y dejó caer, como si fuera una lluvia de veneno puro, sobre la inmaculada, perfecta y blanquísima alfombra de la suite, docenas y docenas de fotografías impresas a todo color y en alta resolución, reportes bancarios sellados de detectives privados internacionales, estados de cuenta bancarios internacionales y documentos legales manchados por la más sucia traición. Las imágenes, nítidas, asquerosamente claras e innegables, mostraban a la madre de Isabella, la supuesta señora de la alta sociedad, y al joven y apuesto prometido de la joven en situaciones sumamente comprometedoras, íntimas y asquerosas, entrando juntos a hoteles de lujo a escondidas, besándose apasionadamente en las sombras, riendo a carcajadas en yates privados y compartiendo una vida secreta de amantes descarados.
«¡Están juntos, mi amor, están juntos en la misma cama, llevan meses, tal vez años engañándonos, viéndonos la cara de imbéciles en nuestras propias narices, en nuestra propia casa!», gritó el padre, ahogándose, atragantándose con sus propias lágrimas de desesperación, agonía y rabia pura. «¡Y no solo eso, no solo destruyeron nuestro hogar, acabo de descubrir gracias al gerente del banco que tu madre falsificó mi firma digital anoche para transferir el control absoluto y total de nuestros fondos de inversión, tus fideicomisos y las acciones de la empresa a una cuenta fantasma a nombre de Mauricio! ¡Se van a fugar juntos, como dos malditas ratas, con todo nuestro dinero, con tu herencia, con el sudor de mi frente, justo después de que termine la fiesta de la luna de miel! ¡Te van a dejar completamente en la calle, sola y humillada, y a mí me van a dejar en la ruina absoluta, en la bancarrota total! ¡Por favor, hija de mi alma, te lo suplico de rodillas, quítate ese velo blanco, llama a los de seguridad, llama a la policía y vámonos de este maldito y apestoso lugar antes de que salgas por esa puerta y nos destruyan la vida por completo y para siempre!»
Cualquier novia normal, común y corriente, frágil, sensible e ilusa, al recibir un impacto emocional, psicológico y financiero de esa magnitud destructiva, catastrófica y aniquiladora el mismo y exacto día de su tan anhelada boda de ensueño, habría estallado inmediatamente en gritos de histeria descontrolada. Habría llorado desconsoladamente hasta arruinar su costoso maquillaje, se habría arrancado el velo, habría destrozado los espejos de la habitación en un ataque incontrolable de pánico, rabia y dolor, o habría salido corriendo descalza por los inmensos pasillos del hotel envuelta en lágrimas de humillación pública, consumida por la desesperación asfixiante, la impotencia absoluta y el dolor inmenso de perder a su madre, a su prometido, su boda, su herencia y su futuro brillante en una sola, cruel y fulminante fracción de segundo.
Pero en ese ecosistema cerrado de seda blanca, mentiras asquerosas, traición familiar descarada, puñaladas por la espalda y elitismo venenoso, la presencia del karma absoluto, la justicia implacable, la inteligencia superior y la venganza perfecta estaba a punto de irrumpir y manifestarse como un huracán de máxima categoría, transformando la supuesta y patética tragedia de la novia en algo mucho más letal, brillante, oscuro, poético, majestuoso e inimaginable.
Mientras el padre lloraba desconsolado, hundido en el piso, esperando ver el inevitable e inminente colapso emocional, mental y físico de su pequeña princesa, Isabella no derramó ni una sola, miserable y pequeña lágrima de dolor. Ni sus manos temblaron. Ni su respiración se alteró. Su postura de novia ingenua, vulnerable, enamorada, frágil y derrotada desapareció por completo y de manera absoluta en una milésima de fracción de segundo, evaporándose en el aire como una simple gota de agua cayendo directamente sobre el metal al rojo vivo de un inmenso escape de motor a toda velocidad. Con una agilidad calculada, fría, maquiavélica, analítica y cargada de un fuego justiciero e inextinguible, la joven y hermosa mujer se agachó con elegancia, levantó a su padre del suelo con una fuerza interna que no correspondía en lo absoluto a su frágil apariencia física, le limpió las gruesas lágrimas del rostro con el finísimo borde de encaje de su velo de miles de dólares, y su rostro perfecto se transformó en una inquebrantable máscara de absoluta e imponente realeza corporativa, de una furia inquebrantable, demoníaca, matemática y de un poder implacable que haría temblar a los mismísimos gigantes y demonios del infierno.
«Tranquilízate, papá. Respira profundo, ponte de pie como el gran hombre que eres y mírame fijamente a los ojos», dijo Isabella con una voz tan gélida, tan controlada, tan asombrosamente firme, oscura y poderosa que congeló el llanto y la histeria de don Fernando al instante, dejándolo mudo de asombro. «Yo ya sabía todo esto, papá. Conozco cada detalle asqueroso de su traición. Lo sé todo, absolutamente todo, desde hace exactamente tres malditos y eternos meses.»
El padre la miró desde abajo con los ojos completamente desorbitados, pasmado, atónito, con la boca entreabierta, incapaz de procesar, entender o asimilar las palabras que acababan de salir de la boca perfecta de su joven hija vestida de blanco.
«¿De verdad creíste, aunque fuera por un solo segundo, que la única hija heredera del mejor, más inteligente y más implacable empresario de todo este maldito país iba a firmar un acta de matrimonio civil y entregarle su vida a un hombre sin auditar primero las cuentas, el pasado y los secretos de su futuro esposo?», continuó Isabella, soltando el brazo de su padre, caminando con una majestuosidad aterradora hacia su pequeño bolso de novia de perlas, y sacando del interior una pequeña pero potentísima tableta electrónica de máxima seguridad cifrada. «Yo misma contraté a esos investigadores privados en Europa muchísimo antes que tú, papá. Yo pagué a los mejores hackers del mundo. Yo vi esas mismas fotos asquerosas antes de que las imprimieran, yo intercepté sus llamadas telefónicas, yo vi los retiros millonarios, yo vi con mis propios ojos cómo mi propia madre vaciaba tus fondos internacionales a través de empresas fantasma para dárselos a ese parásito cobarde, miserable y manipulador. He fingido sonrisas estúpidas, he soportado sus asquerosos abrazos de Judas, he permitido que me besen la mejilla y he dejado pacientemente que me prueben este maldito, pesado y asfixiante vestido frente a ellos, tragándome el asco, la rabia y el vómito todos los santos días de mi vida durante noventa días, única, exclusiva y matemáticamente para llegar a este exacto, preciso y demoledor momento de gloria.»
«Pero hija de mi corazón, si ya sabías que son unos monstruos ladrones, ¡entonces con muchísima mayor razón tenemos que cancelar este circo ahora mismo, llamar a la policía y meterlos presos!», suplicó el padre, profundamente aterrado, asustado y maravillado al mismo tiempo por la frialdad inhumana, táctica y brillante de su propia sangre.
«Si cancelamos la boda ahora mismo, a puerta cerrada en esta habitación de hotel, papá, ellos simplemente escapan, huyen como las ratas asustadas que son», sentenció la novia de acero puro, con una frialdad táctica, una visión de futuro y una malicia justiciera que asustaría al mejor, más cruel y más condecorado estratega militar del planeta entero. «Si no salgo por esa inmensa puerta de madera ahora mismo, mi supuesta madre y mi falso prometido inventarán una excusa ridícula de que tú te volviste loco, tomarán el primer vuelo en primera clase a Europa con el dinero robado, esconderán los fondos en paraísos fiscales y pasaremos los próximos diez malditos años de nuestras vidas en desgastantes juicios internacionales intentando recuperar lo nuestro, mientras ellos viven como reyes. No, papá. Te equivocas. No vamos a cancelar absolutamente nada. El show tiene que continuar hasta el último acto. Tú te vas a secar esas lágrimas de dolor, vas a ir al baño a lavarte la cara, te vas a arreglar esa finísima corbata de seda italiana que te regalé, vas a tomarme del brazo con el orgullo gigantesco e inquebrantable de un verdadero rey, y me vas a llevar caminando, paso a paso, por ese inmenso, largo y majestuoso pasillo iluminado hacia el altar mayor de la catedral, directamente frente a los quinientos invitados de la más alta élite y sociedad del país, frente a todas las cámaras de los medios de comunicación y frente a las decenas de fotógrafos que están esperando la boda del año.»
Sin hacer un solo ruido de duda, con un pulso de acero forjado en el mismísimo fuego del dolor, y con una inteligencia superior, brillante y aterradora que asustaría a cualquier mente criminal, la novia rompió por completo, de manera brutal y directa, la cuarta pared invisible de su propia suite nupcial, de su silencio fríamente calculado y guardado con tanto recelo frente a los asquerosos monstruos que la esperaban en la iglesia creyendo, en su infinita ignorancia, que habían ganado el juego del engaño.
Fijó su mirada intensa, profunda, gélida, brillante y desprovista de cualquier tipo de piedad, remordimiento o duda directamente hacia el pequeño, casi invisible y sofisticado lente de la cámara de su propio dispositivo móvil de transmisión, conectando su alma de acero puro con los profundos, atentos y cautivos ojos de cada persona, de cada mujer que ha sido traicionada en el amor, de cada hija que ha sido apuñalada cobardemente por su propia familia, de cada espectador que la observaba completamente atónito, paralizado y sin respirar desde el otro lado de la pantalla de su teléfono en Facebook, atrapándolos de inmediato en un inquebrantable, adictivo, ineludible y magnético nudo de complicidad imposible de romper, quebrando la barrera de la pantalla para hablarles directamente al alma.
«El error más grande, asfixiante, oscuro, destructivo y aniquilador que puede cometer una miserable, cobarde y asquerosa pareja de traidores en esta bendita tierra», susurró Isabella a la cámara, con una voz absolutamente perfecta, fuerte, dominante, inquebrantable, rasposa por el poder y envuelta en un misterio letal, mientras se ajustaba los largos y sedosos guantes blancos nupciales con una elegancia y una lentitud que escondía la más certera y brutal sentencia de muerte social y penal de la historia.
«No es creer que pueden revolcarse como animales en la misma cama, traicionando asquerosamente a la única familia que les dio de comer, amor y un techo de oro. No es conspirar en las sombras, escondiéndose como escoria, para robarle los ahorros de toda la vida a un hombre trabajador y noble, creyendo que su patética astucia, su falsa juventud fingida, sus mentiras baratas y su soberbia de cristal les dan el poder absoluto sobre la vida, la dignidad, el valor y el futuro de las personas a las que ellos consideran estúpidas, ingenuas o vulnerables.»
Mantuvo el contacto visual con la lente del teléfono, directo, desgarrador, feroz e inquebrantable, obligando a la inmensa, gigantesca y expectante audiencia mundial a sentir en carne propia el peso brutal, aplastante y definitivo de su inminente y perfecta venganza en cada palabra perfectamente articulada, mientras el finísimo velo blanco caía sobre su hermoso rostro como si fuera una guillotina a punto de descender sobre el cuello de los culpables.
«El error que verdaderamente los mata por dentro, el que les hiela la sangre en las venas, los paraliza de terror absoluto, les corta la respiración de golpe y los entierra vivos en su propia, criminal y asquerosa basura corporativa… es su estupidez tan inmensamente colosal, gigantesca, ridícula e imperdonable de creer, aunque sea por un maldito segundo, que yo era la damisela ingenua, sumisa, manipulable y ciega de este patético cuento de hadas. Es su infinita ignorancia de psicópatas de manual al no darse cuenta, por su propia codicia, de que el supuesto sacerdote que está parado en ese altar ahora mismo esperándonos para darnos la bendición, no es un cura… es el Juez Federal de delitos financieros más estricto, temido e implacable de todo el distrito, disfrazado con una maldita sotana blanca. Ellos no saben que las enormes pantallas de alta tecnología que decoran la iglesia no van a proyectar un tierno y romántico video de nuestra falsa historia de amor. Me he vestido de blanco inmaculado, he pagado en efectivo este maldito y carísimo hotel, y voy a caminar por ese pasillo central sonriendo como un verdadero ángel caído del cielo, única, exclusiva y deliberadamente para encerrarlos a los dos, madre y prometido, en la trampa judicial y social más grande, pública, humillante y destructiva de sus patéticas, asquerosas y vacías vidas.»
La novia de acero y fuego esbozó una levísima, macabra, espeluznante y brillante sonrisa de amargura infinita. Una mueca gélida, terriblemente calculadora, pero repentinamente cargada de un aura de inteligencia implacable, de una superioridad absoluta y divina que llamaba a gritos, como un trueno letal a punto de estallar ensordecedoramente en medio de la sagrada catedral, a la venganza absoluta y a la implacable, poética, perfecta y matemática justicia divina.
«Esta asquerosa madre y este falso prometido de cristal creen firme y ciegamente que dar el ‘sí’ frente a los invitados les asegurará su triunfo definitivo, sus cuentas con millones de dólares en el extranjero y su impunidad absoluta para ser felices sobre mi dolor. Creen ingenuamente que su plan perfecto, sus asquerosas mentiras ensayadas y su mente de ladrones sociópatas los hacen unos verdaderos dioses intocables frente a los ojos del implacable destino de la vida, de las estrictas leyes federales de este país y del perfecto, ineludible y aplastante karma. Pero en su infinita, ciega y repulsiva vanidad de ladrones de cuello blanco, olvidaron la regla corporativa y de vida más básica, antigua y letal de todas. Olvidaron que cuando empujas cobardemente a una verdadera reina al borde del precipicio de la traición, ella no cae ni se estrella… ella simplemente aprende a volar en la oscuridad solo para volver a subir con más fuerza y prenderle fuego a tu maldito, asqueroso y falso castillo de naipes.»
Dio un leve y último suspiro, acercando su rostro implacable, hermoso y lleno de determinación hacia la fría lente de su cámara para envolver a la inmensa, hipnotizada y mundial audiencia en un clímax de emoción pura, profunda y cargada de un suspenso ineludible que paraliza por completo el corazón y detiene la respiración de cualquier persona que la escucha, preparándose para salir de la lujosa suite y ejecutar, de una vez por todas, la sentencia final que cambiaría la historia de esa familia para la eternidad.
«Ellos no saben, no se lo imaginan y no tienen la más remota y maldita idea, de que cuando el supuesto sacerdote levante la voz y pregunte si hay alguien presente que se oponga a esta sagrada unión, no será un amante secreto quien interrumpa, no. Seré yo misma la que levantaré la mano y soltaré el ramo. Y en ese exacto, preciso y apocalíptico segundo, su estúpida, arrogante y vacía avaricia los acabará de traicionar de la forma más letal, macabra, humillante y destructiva posible y jamás antes vista. Porque cuando yo dé la señal acordada, las pesadas puertas de madera de la catedral se bloquearán herméticamente por fuera, las inmensas pantallas proyectarán en altísima definición de 4K absolutamente todas, cada una de sus asquerosas pruebas de infidelidad, sus transferencias bancarias fraudulentas y sus videos besándose frente a los quinientos invitados de la élite nacional, frente a las cámaras de la televisión, y las docenas de supuestos meseros que están sirviendo copas de champán en las primeras filas, tirarán sus bandejas, sacarán sus placas relucientes del FBI y sus armas, para arrestarlos en pleno altar sagrado por asociación delictuosa, fraude cibernético bancario, robo agravado y lavado de dinero, sacándolos a rastras, arrastrándolos por el suelo de mi boda, enchaquetados y humillados para siempre, sin dejarles un solo centavo…»
¿Quieren ver, sentir y presenciar la tragedia absoluta, la humillación mundial sin ningún tipo de precedentes, el dolor desgarrador, el ridículo público y mediático más grande de la historia y el terror puro, paralizante y asfixiante que sintió este asqueroso, infiel, ladrón y arrogante par de escorias traidoras cuando, apenas una exacta hora después de grabar este mensaje, justo en medio del silencio sepulcral del altar mayor, Valeria soltó con asco la mano de su asustado prometido, tomó el micrófono del sacerdote con firmeza, y ante la mirada atónita, pasmada y aterrorizada de la alta sociedad, encendió las pantallas gigantes mostrando sus asquerosos crímenes en vivo y en directo, provocando que la malvada madre intentara huir corriendo, gritando de pánico y tropezando estúpidamente con sus altísimos tacones de lujo, solo para ser interceptada y aplastada brutalmente contra el suelo sagrado de la iglesia por los corpulentos agentes federales encubiertos que le leyeron sus derechos a gritos y le pusieron las pesadas, frías y apretadas esposas de acero frente a los miles de flashes cegadores de la prensa nacional, mientras el cobarde, falso y miserable novio lloraba histéricamente de rodillas, arrastrándose por su propio vómito de los nervios, suplicando perdón a gritos, dándose cuenta, demasiado tarde, de que la brillante, implacable y hermosa mujer a la que intentaron arruinar acababa de enviarlos directamente, sin escalas y sin piedad, a pudrirse, llorar y volverse locos en la peor celda fría de máxima seguridad por el resto de sus malditas, asquerosas, vacías y patéticas vidas?
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Te juro por las sagradas, invaluables y dolorosas lágrimas de mi padre, por la dignidad inquebrantable, fuerte y eterna de las mujeres que jamás, bajo ninguna circunstancia, nos dejamos pisotear por absolutamente nadie, y por el inmenso, puro, divino e implacable poder del karma financiero que siempre, sin excepción alguna, destruye y aniquila la soberbia de los traidores, que este asombroso, milagroso, humillante y perfecto desenlace de justicia divina absoluta en pleno altar, es algo que jamás, pero jamás, por más que pasen los años en toda tu maldita, triste y patética vida vas a poder olvidar.


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