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Se burlaron del abuelo de setenta y cuatro años cuando retó al gigante de la feria por cien mil pesos, sin saber de dónde venían esas manos llenas de cicatrices

Si vienes de Facebook, seguramente contuviste el aliento al ver cómo aquel promotor arrogante humillaba a don Jacinto frente a toda la feria mientras el gigante de dos metros se reía de su bastón de madera. Prepárate y ponte cómodo, porque el pasado oculto detrás de los brazos de ese anciano y lo que ocurrió sobre aquella mesa de madera cuando soltó su bastón es mucho más impactante de lo que imaginas.

El olor a algodón de azúcar, aceite hirviendo y tierra mojada inundaba la explanada principal de la Feria de San Marcos.

Colgando de los postes metálicos, cientos de foquitos de colores parpadeaban bajo el cielo estrellado del viernes por la noche.

En el centro del pasillo mayor, frente a una carpa iluminada con reflectores blancos y bocinas que retumbaban a todo volumen, se había juntado una multitud de más de doscientas personas.

Arriba de una tarima de madera reforzada había una mesa profesional de vencidas con cojines de cuero negro y agarraderas de acero.

Sentado del lado principal de la mesa, con una camiseta sin mangas que dejaba ver unos brazos del grosor de un tronco de encino llenos de tatuajes y venas saltadas, esperaba un hombre descomunal de casi dos metros de estatura y ciento cuarenta kilos de puro músculo.

En todo el circuito de ferias del país lo conocían como El Ropero.

Tenía la mandíbula cuadrada, el cuello tan ancho como su cabeza y una mirada fiera que intimidaba hasta a los hombres más bravos del pueblo.

A los pies de la tarima, tirados en el suelo o sobándose las muñecas con bolsas de hielo, ya había seis jóvenes fornidos —tres cargadores del mercado, dos instructores de gimnasio y un herrero— a los que El Ropero había aplastado contra el cojín en menos de tres segundos a cada uno.

De pie junto a la mesa, vistiendo una camisa de seda negra abierta en el pecho, cadenas gruesas de oro al cuello y un micrófono inalámbrico en la mano, se paseaba Gustavo Briseño, de treinta y cinco años, el promotor de apuestas y dueño del espectáculo.

En su mano izquierda levantaba un sobre amarillo grueso, cerrado con un sello rojo, del que asomaban las esquinas de dos fajos nuevos de billetes de mil pesos.

—¡A ver, mi gente bonita de esta feria, ¿qué pasó con los hombres fuertes de esta tierra?! —gritaba Gustavo por el micrófono con una sonrisa burlona y soberbia que resonaba en todas las bocinas—. ¡Aquí tengo cien mil pesos en efectivo, billete sobre billete, para el valiente que logre doblarle el brazo a mi campeón El Ropero! ¡Quinientos pesos cuesta subir a probar suerte y cien mil se lleva el que lo baje! ¿O ya se acabaron los pantalones en este pueblo y me llevo mi dinero limpio?

Entre la primera fila de curiosos, iluminado por la luz cambiante de los foquitos rojos y amarillos, estaba parado en silencio don Jacinto Reyna, de setenta y cuatro años.

Era un viejo delgado de cintura pero de espalda ancha, aunque ligeramente encorvada por el peso de las décadas.

Vestía un pantalón de dril gris gastado pero limpio, una chamarra de mezclilla deslavada con los puños abotonados hasta las muñecas, su sombrero de fieltro viejo y se apoyaba con la mano izquierda sobre un bastón grueso de madera de mezquite que había tallado él mismo.

Don Jacinto no estaba en la feria para pasear ni para ver los juegos mecánicos.

Acababa de salir del Hospital Regional que estaba a cuatro cuadras de la explanada.

Allí, en la cama número doce del pabellón de urgencias, había dejado conectado a un suero a su hermano del alma y compadre de toda la vida: don Chema Morales, el viejito bondadoso que desde hacía treinta años vendía elotes hervidos y esquites en su triciclo amarillo afuera de la iglesia principal del pueblo.

Dos horas antes, el cirujano cardiovascular había hablado claro con la esposa de don Chema y con don Jacinto en el pasillo del hospital:

«La válvula principal del corazón de don Chema está a punto de cerrarse por completo. Si no lo operamos a corazón abierto antes del lunes en la clínica especializada y compramos la válvula protésica hoy mismo, no pasa de esta semana. El depósito urgente es de noventa y cinco mil pesos».

Entre los ahorros de toda la vida de don Chema en su bote de lata y lo que don Jacinto tenía guardado debajo de su colchón, apenas habían juntado catorce mil pesos.

Don Jacinto miró el sobre amarillo con los cien mil pesos que Gustavo Briseño agitaba en el aire bajo los reflectores.

Sintió cómo el corazón le latía con un golpe seco y profundo en el pecho.

Miró sus propias manos arrugadas apoyadas en el puño del bastón de mezquite.

Y sin decir una palabra, don Jacinto levantó su mano derecha en alto entre la multitud.

La carcajada en el micrófono y los quinientos pesos arrugados

Los jóvenes que estaban parados alrededor de don Jacinto se hicieron a un lado sorprendidos, abriendo un círculo alrededor del anciano de setenta y cuatro años.

Arriba en la tarima, Gustavo Briseño detuvo su discurso al ver aquella mano arrugada y temblorosa por el frío de la noche levantada en primera fila.

El promotor bajó el micrófono un segundo, miró de arriba abajo el bastón de madera, las canas blancas debajo del sombrero y los zapatos viejos del anciano, y luego acercó de nuevo el micrófono a su boca soltando una carcajada estridente que retumbó en todos los altavoces de la feria.

—¡No me digan que el único que tiene valor en este pueblo acaba de escaparse del asilo! —se burló Gustavo señalando a don Jacinto con el dedo lleno de anillos de oro mientras la mitad de la gente se reía con incomodidad y otros miraban con pena al viejo—. ¡Oiga, abuelo, baje la mano que aquí no estamos repartiendo la pensión del gobierno ni dando atole gratis! ¡Con esa edad y esa facha, usted no le gana unas vencidas ni a su propio bastón!

En la mesa de madera, El Ropero soltó una risa grave y gutural, golpeándose el bíceps gigante con la palma de la mano como si espantara una mosca.

—¡Si le agarro la mano a ese viejito se la quiebro como rama seca, patrón! —gritó El Ropero con voz ronca—. ¡Dígale que se vaya a dormir antes de que le dé un aire!

Don Jacinto no bajó la mano ni agachó la mirada.

Caminó despacio los tres pasos que lo separaban de la escalerilla de madera de la tarima y, apoyándose con calma en su bastón de mezquite, subió los cuatro escalones hasta quedar de pie frente a Gustavo Briseño bajo la luz cegadora de los reflectores.

De cerca se veía que don Jacinto no era tan bajo de estatura como parecía desde abajo, pero su chamarra de mezclilla holgada y su caminar pausado hacían que Gustavo lo mirara con un desprecio absoluto.

—Buenas noches, joven —habló don Jacinto con una voz grave, tranquila y educada que se coló por el micrófono abierto de Gustavo—. Usted dijo por la bocina que cualquier hombre que pague los quinientos pesos de inscripción tiene derecho a sentarse en esa mesa por el sobre de los cien mil pesos. No dijo que hubiera límite de años.

Gustavo lo miró con una sonrisa cínica y arrogante, mascando chicle frente a la cara del anciano.

—¿Y de dónde va a sacar usted quinientos pesos para regalarme, abuelo? —se burló el promotor poniéndose el micrófono junto a los labios para humillarlo frente a las doscientas personas que ya tenían sus teléfonos celulares levantados grabando la escena—. ¡No vaya a ser que me pague con monedas de a peso de su limosna y luego sus nietos me vengan a llorar que los dejé sin cenar!

Don Jacinto metió la mano izquierda en el bolsillo de su camisa y sacó un billete de quinientos pesos doblado en cuatro partes.

Era el billete que tenía apartado para pagar el recibo de la luz y comprar su propia comida del mes, pero en su mente solo estaba la imagen de su compadre Chema respirando con dificultad en aquella cama de hospital después de treinta años de regalarle un elote caliente a cuanto niño pobre pasaba por la iglesia.

El anciano estiró la mano y puso el billete de quinientos pesos sobre la mesa de cuero negro.

—Aquí están los quinientos pesos, señor —dijo don Jacinto clavando sus ojos oscuros y serenos en los ojos burlones de Gustavo—. Mi compadre José María, el elotero de la parroquia, necesita una válvula en el corazón mañana mismo o se nos muere. No vengo a jugar ni a que me regalen nada; vengo a ganarme ese sobre limpiamente.

En el público, varios vecinos del pueblo que conocían a don Chema el elotero dejaron de reírse y empezaron a gritar:

—¡No te burles del señor, payaso! ¡Don Chema es buena gente! ¡Pero cuidado, don Jacinto, que esa bestia lo va a lastimar!

Gustavo Briseño tomó el billete de quinientos pesos de la mesa con dos dedos, lo olió con gesto de burla y se lo guardó en el bolsillo del pantalón.

—¡Ustedes son testigos de que este viejo terco me está obligando a quitarle su dinero! —anunció Gustavo por el micrófono con crueldad despiadada, sacando una tabla con una hoja impresa—. ¡Pero antes de que se siente y El Ropero le disloque el hombro en medio segundo, me va a poner su huella o su firma aquí abajo en esta carta responsiva donde dice que si sale de aquí directo en ambulancia con el brazo roto en tres pedazos, ni yo ni mi empresa pagamos un solo centavo de hospital! ¿Le entra o se raja y me quedo con sus quinientos pesos por hacerme perder el tiempo?

Don Jacinto tomó la pluma sin que le temblara un solo dedo y estampó una cruz firme en la hoja de deslinde de responsabilidad.

—Lo único que pido antes de sentarme —dijo don Jacinto mirando a los ojos al promotor— es que ponga el sobre con los cien mil pesos aquí en la esquina de la mesa, a la vista de todo el pueblo, para saber que el dinero es de verdad y que nadie va a salir corriendo cuando su hombre toque el cojín.

Gustavo soltó otra carcajada de soberbia, sacó los dos fajos de billetes de mil pesos del sobre amarillo para abanicarlos frente a las cámaras de la gente y dejó el sobre abierto sobre el poste lateral de la mesa.

—¡Ahí están los cien mil pesos contantes y sonantes, viejo loco! —gritó Gustavo haciéndose a un lado—. ¡Ropero, no tengas compasión nada más porque tiene canas: aplástale la mano contra la tabla a la cuenta de uno para que aprenda a no hacerme perder el tiempo!

Lo que escondían las mangas de mezclilla desde hacía cincuenta años

Don Jacinto caminó hacia el banco de metal del lado del retador.

Le entregó su sombrero de fieltro y su bastón de mezquite a un muchacho de la primera fila para que se los detuviera un minuto.

Y entonces, de espaldas al público, don Jacinto empezó a desabotonarse los puños de su vieja chamarra de mezclilla y se la quitó despacio, dejándola doblada sobre el respaldo del asiento y quedando únicamente con su camisa de franela arremangada hasta arriba de los codos.

Cuando don Jacinto giró el cuerpo y subió el brazo derecho para apoyarlo sobre el cojín negro de la mesa, la risa de Gustavo Briseño y el murmullo de las doscientas personas se apagaron en seco como si hubieran cortado la electricidad de toda la feria.

Incluso El Ropero dejó de sonreír y frunció el ceño mirando fijamente el antebrazo y la mano que aquel anciano acababa de poner sobre el cuero.

El brazo de don Jacinto tenía la piel arrugada de un hombre de setenta y cuatro años y estaba cruzado por cicatrices antiguas de chispas de fuego y carbón, pero no era el brazo delgado y frágil de un anciano común.

Debajo de aquella piel curtida como cuero de toro se marcaban unos tendones del grosor de cables de acero trenzado, unas venas gruesas como sogas y un antebrazo macizo, cuadrado y petrificado por décadas de un esfuerzo sobrehumano, terminado en una muñeca tan ancha como el tobillo de un hombre joven y unos dedos callosos que parecían tenazas de hierro forjado.

Gustavo Briseño y El Ropero venían de la capital y no conocían la historia de los viejos de la sierra de aquel estado.

Nadie les había dicho quién era don Jacinto Reyna antes de que cerraran la antigua fundidora de ferrocarriles y la fragua de yunques del pueblo quince años atrás.

Desde los catorce hasta los sesenta años de edad —durante cuarenta y seis años seguidos sin usar máquinas hidráulicas—, Jacinto Reyna había sido el Maestro Forjador de Yunque Pesado de la sierra: un hombre que levantaba y descargaba ocho horas diarias un marro de acero de dieciséis kilos con una sola mano contra el hierro al rojo vivo para forjar ejes de carreta, rieles y herramientas de mina.

En los años setenta y ochenta, cuando venían los campeones de pulseo desde la frontera norte y desde Texas a retar a los mineros y ferrocarrileros, a Jacinto lo llamaban El Yunque de San Marcos, y jamás en medio siglo hubo un solo hombre nacido de mujer que lograra despegarle el codo de una mesa ni doblarle aquella muñeca de hierro fundido.

Su bastón no lo usaba por debilidad en los brazos; lo usaba por una vieja lesión en la rodilla izquierda de cuando sostuvo él solo una viga de acero para salvarle la vida a un aprendiz en la fundidora.

Pero de la cintura para arriba, aquel viejo de setenta y cuatro años tenía en los tendones la fuerza acumulada de diez millones de golpes de marro contra el acero.

El Ropero tragó saliva al sentir un escalofrío extraño en la nuca, pero su orgullo de gigante joven de treinta años y ciento cuarenta kilos pudo más que la prudencia.

—A mí no me espantan los callos viejos, abuelo —gruñó El Ropero estirando su enorme mano para cerrar los dedos alrededor de la mano de don Jacinto—. Te voy a arrancar el brazo del hombro.

Cuando las dos manos se cerraron en el centro exacto de la mesa, los ojos de El Ropero se abrieron de par en par con un primer chispazo de asombro.

Había esperado sentir los huesos blandos y huecos de un anciano; en cambio, sintió exactamente como si acabara de agarrar la quijada fría e inmóvil de un tornillo de banco de herrería de media tonelada.

Por más que apretó los dedos con toda su fuerza bruta para lastimarle los nudillos al viejo antes del inicio —un truco sucio que siempre usaba para hacer rendirse a sus rivales—, la mano de don Jacinto ni siquiera se comprimió un milímetro.

Don Jacinto ni siquiera parpadeó.

Con su mano izquierda libre se agarró del perno de acero lateral de la mesa y clavó sus ojos oscuros, profundos y tranquilos como dos pozos de noche en las pupilas del gigante.

—Por la vida de mi compadre Chema —susurró don Jacinto en voz tan baja que solo El Ropero lo escuchó.

Gustavo Briseño, queriendo terminar rápido con aquello porque le incomodó el silencio repentino del público, puso sus manos sobre los nudillos unidos de ambos para centrarlos y luego las retiró de golpe gritando por el micrófono:

—¡Listos… FUERA!

El trueno en la madera y el secreto de la trampa

En el primer segundo, El Ropero soltó un rugido salvaje de bestia herida, echó todo el peso de sus ciento cuarenta kilos hacia un lado y jaló con toda la potencia explosiva de su bíceps y su hombro para estrellar el brazo del anciano contra el cojín en un parpadeo, tal como lo había hecho con los seis jóvenes anteriores.

La mesa entera de madera crujió desde las patas con un quejido seco.

Las venas del cuello y de la frente de El Ropero se hincharon hasta ponerse moradas como si fueran a reventar.

Pero en medio del silencio sepulcral de las doscientas personas que miraban con la boca abierta… el brazo derecho de don Jacinto Reyna no se movió ni un solo milímetro hacia atrás.

Quedó clavado en el centro vertical de la mesa a noventa grados exactos, firme, inmóvil e inamovible como una columna de piedra enterrada en el centro de la tierra.

—¡¿Qué…?! —jadeó El Ropero con los ojos desorbitados y el sudor brotándole de golpe por toda la frente al sentir que estaba jalando contra un muro de concreto armado que no cedía ni un cabello.

Gustavo Briseño borró de golpe su sonrisa burlona junto a la mesa, dando un paso hacia adelante con la boca abierta al ver que habían pasado cinco segundos y su gigante invencible estaba rojo como un tomate, temblando de esfuerzo de pies a cabeza sin poder mover ni medio centímetro la muñeca de aquel viejo de setenta y cuatro años.

En la explanada de la feria, los doscientos espectadores estallaron en un grito ensordecedor de asombro y emoción:

—¡NO LO PUEDE MOVER! ¡MIRA AL ABUELO, NI SIQUIERA ESTÁ HACIENDO CARA DE ESFUERZO! ¡VAMOS, DON JACINTO!

Al ver que sus cien mil pesos estaban en peligro real frente a un anciano, Gustavo Briseño hizo una seña rápida y sucia con los ojos a El Ropero.

Debajo de la mesa, oculto por la lona negra que cubría las patas de la estructura, había un pedal mecánico conectado a un cable tensor con una banda oculta en la codera del campeón que Gustavo accionaba con el pie en los combates difíciles para darle treinta kilos extras de palanca ilegal a su peleador, mientras El Ropero soltaba disimuladamente el perno lateral para meter el hombro por encima de la línea reglamentaria.

Gustavo pisó el pedal oculto bajo la lona con toda su fuerza y El Ropero metió el cuerpo entero dando un segundo tirón brutal con trampa incluida.

El brazo de don Jacinto se inclinó apenas tres centímetros hacia el cojín por la palanca mecánica oculta.

Don Jacinto sintió el tirón metálico artificial debajo de la codera de su rival.

El viejo herrero que había trabajado con poleas y palancas de acero durante medio siglo comprendió en medio segundo que la mesa estaba trucada.

Entonces, los ojos de don Jacinto dejaron de verse tranquilos.

Se encendieron con el fuego rojo de las antiguas fraguas de la sierra.

—Conque haciendo trampa con fierros escondidos para robarle la vida a un enfermo, ¿verdad, muchachos? —dijo don Jacinto con una voz de trueno que ni siquiera necesitó micrófono para escucharse en las primeras filas—. Pues ahora van a conocer cómo se dobla el fierro en mi tierra.

Don Jacinto cerró sus cinco dedos de tenaza alrededor de la mano del gigante con una presión tan descomunal que los huesos de la mano de El Ropero crujieron como nueces secas, arrancándole un grito agudo de dolor al coloso de dos metros.

Don Jacinto rotó su muñeca de hierro tres grados hacia adentro para anular el ángulo del hombro del rival y, respirando hondo una sola vez desde el fondo de su pecho de viejo forjador, descargó el golpe hacia adelante como si tuviera en la mano el marro de dieciséis kilos.

¡CRAAACK!

El sonido fue doble y aterrador: primero se escuchó reventar como un hilo podrido el cable de acero oculto de la trampa debajo de la mesa por la potencia bruta del empuje del anciano, y una décima de segundo después, el enorme brazo tatuado de El Ropero fue arrastrado sin piedad hacia abajo y estrellado contra el cojín de cuero con tanta fuerza que la madera de la mesa se partió por la mitad de lado a lado, hundiendo el brazo del gigante entre las tablas astilladas.

El Ropero cayó de rodillas detrás de la mesa rota, sosteniéndose la muñeca derecha con la otra mano mientras gritaba de dolor, vencido y humillado en menos de diez segundos.

Un rugido colectivo de doscientas gargantas hizo temblar hasta las carpas de la feria.

Los sombreros volaron por el aire, los jóvenes golpeaban las vallas de metal gritando «¡EL YUNQUE! ¡EL YUNQUE DE SAN MARCOS!», y docenas de teléfonos transmitían en vivo la hazaña del abuelo de setenta y cuatro años que acababa de partir la mesa con todo y el brazo del gigante.

El robo del sobre y el puño de hierro

Don Jacinto soltó la mano del gigante, bajó el brazo con total calma sin siquiera respirar agitado y se giró hacia el poste donde estaba el sobre amarillo con los cien mil pesos para la operación de su compadre Chema.

Pero Gustavo Briseño, pálido de terror al ver rota su mesa trucada y ver que iba a perder cien mil pesos en efectivo, actuó como la rata cobarde que era.

De un manotazo rápido, Gustavo agarró el sobre con los cien mil pesos antes de que don Jacinto lo tocara, se lo metió debajo de la camisa de seda y retrocedió hacia el borde trasero de la tarima gritando por el micrófono:

—¡Esta pelea queda anulada! ¡No vale, no vale! ¡El viejo movió el codo y rompió mi mesa que cuesta cincuenta mil pesos! ¡Se cancela el concurso, nadie gana nada y el viejo me sale debiendo los daños de la madera! ¡Guardias, cierren la carpa y vámonos a la camioneta!

Dos guardaespaldas con chamarras de cuero negro que trabajaban para Gustavo subieron corriendo por la parte trasera de la tarima para escoltar al promotor en su huida con el dinero.

El público abajo empezó a chiflar y a gritar de indignación al ver el robo descarado frente a sus narices:

—¡Ratero! ¡Págale al abuelo lo que ganó! ¡No seas sinvergüenza, es para operar a don Chema!

Don Jacinto dio dos pasos firmes sobre las tablas de la tarima, poniéndose frente a Gustavo antes de que pudiera bajar por la escalera trasera.

—Entrégame ese sobre, muchacho —dijo don Jacinto con voz grave y serena, extendiendo su mano derecha abierta—. Yo te pagué tus quinientos pesos, firmé tu papel y le gané a tu hombre a pesar del cable con pedal que tienes escondido aquí abajo de la lona rota. Ese dinero es el corazón de mi compadre y no vas a bajar de esta tarima con él.

Gustavo Briseño, acorralado y cegado por la soberbia, miró a sus dos guardaespaldas y luego miró al anciano sin bastón.

—¡Quítate de mi camino, viejo limosnero, o te bajo a patadas de mi tarima! —gritó Gustavo lanzando un empujón con su mano libre hacia el hombro de don Jacinto mientras intentaba pasar corriendo.

Fue el peor error de toda la vida de Gustavo Briseño.

La mano derecha de don Jacinto se movió con la velocidad de una víbora cascabel y atrapó en el aire la muñeca de Gustavo junto con la pechera de su camisa de seda, levantando casi en vilo de las puntas de los pies al hombre de treinta y cinco años con un solo brazo.

Y al mismo tiempo, veinte hombres del pueblo —herreros jóvenes que habían sido alumnos de don Jacinto, comerciantes del mercado, taxistas y dos patrullas de la Policía Municipal y de la Inspectoría de Juegos y Sorteos que habían visto toda la pelea desde la orilla de la explanada— rodearon por completo la tarima y cerraron el paso a los dos guardaespaldas, quienes al ver a treinta hombres furiosos con tubos y palos levantaron las manos rindiéndose al instante.

El Comandante de la Policía Municipal y el Inspector Federal de Espectáculos subieron a la tarima mientras don Jacinto seguía sosteniendo a Gustavo por la camisa sin que el promotor pudiera zafarse por más que pataleaba y tiraba manotazos al aire contra aquel brazo de piedra.

—¡Suéltame, viejo demonio, me estás rompiendo los huesos de la muñeca! —chillaba Gustavo con lágrimas de dolor y miedo saliendo de sus ojos mientras se le caían los lentes oscuros al suelo—. ¡Policía, ayúdenme, este viejo me está asaltando!

—Aquí el único delincuente que acaba de cometer fraude al público y robo en flagrancia es usted, señor Gustavo Briseño —declaró el Inspector Federal levantando la lona negra de la mesa partida por la mitad y mostrando ante las cámaras de toda la gente el pedal metálico y el cable de acero reventado que salía por debajo del cojín del campeón—. ¡Tenía usted instalado un mecanismo fraudulento de palanca ilegal para estafar a todos los ciudadanos que pagaron quinientos pesos hoy en la noche!

Un grito de furia recorrió a los seis jóvenes que habían perdido su dinero antes en la noche.

—¡Nos robó con trampa! ¡Con razón nadie le podía mover el brazo hasta que subió don Jacinto y reventó hasta el cable de acero! —gritaban desde abajo.

Don Jacinto metió su mano izquierda dentro de la camisa abierta de Gustavo Briseño, sacó el sobre amarillo intacto con los cien mil pesos en billetes nuevos y además sacó del bolsillo del promotor el billete doblado de quinientos pesos que él mismo había puesto para inscribirse, antes de soltar a Gustavo para que cayera sentado de sentón sobre las tablas frente a los policías.

—Mis quinientos pesos también me los llevo, porque en mi pueblo el que hace trampa pierde hasta la camisa —sentenció don Jacinto guardando su billete en la bolsa y sosteniendo en alto el sobre de los cien mil pesos.

La caja de la vergüenza y el latido de un amigo

El Comandante de la Policía Municipal le colocó las esposas metálicas a Gustavo Briseño y a El Ropero (quien seguía quejándose de su muñeca inflamada al doble de su tamaño).

—Además de entregar el premio legítimo de cien mil pesos al señor don Jacinto Reyna —ordenó el Inspector de Gobernación confiscando la caja metálica donde Gustavo guardaba el dinero de las inscripciones de toda la noche—, queda clausurado este negocio, asegurada su camioneta para pagar la multa federal por fraude en juegos de feria, y de esta caja se les devuelve ahora mismo su dinero a todos los jóvenes que fueron estafados esta noche antes de remitirlos al Ministerio Público.

Gustavo Briseño, esposado y de rodillas sobre la tarima donde quince minutos antes se sentía el rey del mundo humillando a un anciano por su edad y su bastón, miraba hacia abajo con la cara bañada en sudor y vergüenza mientras toda la feria le gritaba y lo grababa camino a la patrulla.

Don Jacinto se puso de nuevo su vieja chamarra de mezclilla con calma, abotonándose los puños sobre sus muñecas llenas de cicatrices, recibió su sombrero y su bastón de manos del muchacho de la primera fila —quien se los entregó haciendo una reverencia como si le entregara la espada a un rey— y miró por última vez a Gustavo antes de que lo bajaran esposado.

—Hace diez minutos dijiste por tu micrófono que yo no le ganaba ni a mi bastón, muchacho —le dijo don Jacinto con una voz tranquila, limpia de odio pero llena de esa sabiduría que solo dan los años bien vividos—. Nunca vuelvas a burlarte de las canas ni de las manos arrugadas de un viejo trabajador. Porque las máquinas nuevas hacen mucho ruido, pero el fierro que pasó cincuenta años por el fuego nunca se dobla cuando pelea por la vida de un amigo.

Cuando don Jacinto bajó los escalones de la tarima sosteniendo el sobre amarillo contra su pecho, la multitud entera se abrió en un pasillo de honor aplaudiendo a rabiar.

Los jóvenes instructores de gimnasio y los herreros se quitaban las gorras a su paso, y el presidente del patronato de la feria, que había llegado corriendo al enterarse de la hazaña, puso a disposición de don Jacinto su propia camioneta oficial con chofer y escolta de tránsito para llevarlo en tres minutos hasta la puerta del hospital.

A las diez y media de la noche, don Jacinto Reyna entró caminando apoyado en su bastón de mezquite por la puerta de cristal de la recepción del hospital privado donde ya habían trasladado de urgencia a don Chema.

En la sala de espera, doña Lupita —la esposa anciana de don Chema— lloraba sentada en una banca sosteniendo su rosario porque faltaban treinta minutos para que venciera el plazo del depósito de la cirugía y la válvula del corazón.

Don Jacinto caminó hasta la ventanilla de caja del hospital, acompañado por el cirujano en jefe que salía en ese momento a preguntar si habían conseguido el dinero.

Sin decir una palabra, el viejo herrero puso sobre el mostrador blanco el sobre amarillo con los cien mil pesos en efectivo en billetes nuevos de mil pesos.

Doña Lupita se llevó las manos a la boca, abriendo los ojos llenos de lágrimas sin poder creer lo que veía.

—¡Compadre Jacinto! ¡Por Dios santo, ¿de dónde sacó cien mil pesos a esta hora de la noche?! —exclamó la anciana abrazándolo temblando de emoción.

Don Jacinto esbozó una sonrisa suave y cansada debajo de su sombrero viejo, pasándose la mano derecha ligeramente adolorida por el hombro de su comadre.

—Fui a cobrar un trabajito pendiente de herrería que me debían en la feria, comadre —respondió don Jacinto con humildad absoluta mirando al cirujano—. Ahí están los noventa y cinco mil pesos de la operación y la válvula nueva, doctor, y los cinco mil que sobran son para las medicinas y el caldo de pollo de mi compadre cuando salga del quirófano. Opérelo ahora mismo, que la iglesia no se puede quedar sin su elotero.

El lunes por la mañana, la cirugía de don Chema fue un éxito rotundo.

Y dos meses después, cualquier persona que pasaba los domingos por la tarde frente al atrio de la iglesia principal del pueblo de San Marcos podía ver una escena que siempre arrancaba una sonrisa de respeto a todo el que la conocía:

Junto al triciclo amarillo humeante de elotes hervidos, bajo la sombra del árbol grande, estaban sentados en dos banquitos de madera dos ancianos de más de setenta años tomando café de olla y riéndose de la vida: don Chema, con su corazón latiendo fuerte y nuevo, y a su lado don Jacinto Reyna, con su viejo bastón de mezquite recargado en la rodilla y esas manos sagradas llenas de cicatrices que aquella noche en la feria le habían enseñado al mundo entero que la fuerza más invencible de la tierra no está en los músculos que se presumen frente a un espejo, sino en el corazón de un viejo leal que no deja morir a su hermano.

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